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El MIR del profesor

By   /   14 julio, 2011  /   Comentarios desactivados

No contentos con la absoluta pantomima en la que han convertido el sistema educativo en este país, nuestros queridos políticos nos sorprenden con una nueva iluminación de sabrá Dios qué virgencita: el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, defiende la propuesta de un modelo tipo MIR (que significa “Médico Interno Residente”, supongo que PIR quedaba demasiado estúpido sobre el papel) para el profesorado español porque considera que esto servirá para seleccionar a los mejores. Me encantaría la idea si también se aplicara a los que nos hacen las leyes, puesto que parece que tienen más tino a la hora de hacernos la puñeta.

 Se puede pensar que digo esto porque soy profesora y me aterra pensar en nuevos filtros distintos a los que ya he pasado, se puede pensar que mi colectivo es acomodaticio y de natural vago (y en muchos casos no faltaría razón, como en el resto de gremios), incluso se puede seguir pensando que los profesores debemos cargar con el fardo de la catástrofe educativa española, ¿por qué no? Somos expertos en echar la culpa a un lado, como el que aparta lo que no le apetece del plato. En lo que no somos tan buenos es en el noble ejercicio de la autocrítica y la reflexión sobre nuestro propio proceder. Lo que pretendo en estas líneas no es buscar adeptos, aplausos o el respaldo de mis colegas docentes; pueden pensar sobre mí lo que quieran, pero piensen en todo lo demás, por favor.

 Es fácil pensar que el nene es burro porque el profesor o la profesora le tiene manía o es un incapaz, “lo que haría mi niño si le enseñaran bien”; y es cierto: sería mucho mejor si le enseñaran bien, pero también en casa. También sería mucho mejor si, como apunta Pizarroso Quintero, si la educación no hubiera sido empleada como vivero de futuros adeptos por nuestros partidos “turnantes”, buscando la mayor operatividad política sobre una masa guiada por sentimientos y emociones, puestos siempre por encima de la razón. No importa si mi hijo aprende, importa que apruebe. Si aprueba es que está recibiendo una educación “de calidad” (para eso están pensados los programas que año tras año rechazamos y que, visto lo visto, se acabarán imponiendo).

 Es momento de apuntar, para los que no lo sepan, que han sido los políticos los que han ido descosiendo en diversas fases el modelo educativo, para acabar transfiriendo el patrón a las Autonomías, que han puesto en marcha 17 modelos diferentes, fomentando siempre la estabilidad y el orden para alumnos y profesores. Obviando la sorna de mis palabras, les invito a contemplar el modelo finlandés, estrella mundial de los resultados académicos, apuntando tan solo un detalle, que es de todo menos simplemente anecdótico: en 1921, cuando Finlandia era ya un país independiente, se implementó por primera vez una ley de enseñanza obligatoria para todos los niños y niñas mayores de 7 años, porque entonces a las escuelas había que ir a pie o esquiando y las familias tenían miedo a los lobos, sin embargo, un niño de 7 años, por su desarrollo físico, ya puede huir de los lobos y correr para salvar la vida. Resulta que esa norma se ha mantenido vigente hasta hoy, por voluntad de los padres, satisfechos con la calidad del proceso de aprendizaje de sus hijos. No de índice de aprobados, sino de aprendizaje. Por lo tanto, cabe pensar que las competencias de un país (término ahora tan en boca de todos nuestros expertos pedagogos y demagogos) tienen que ver con la historia y creencias de sus ciudadanos sobre su propia vida social, cultural o política.

 Después del desastre del Informe PISA del 2006, la responsable de políticas sociales del PP de entonces, Ana Pastor, le echaba la culpa a la ley educativa aprobada a principios de los noventa por el PSOE, porque había acabado con el esfuerzo. Algunos expertos, sin embargo, creían que en lo que concernía a las leyes educativas, lo peor, habían sido los vaivenes de las últimas décadas, sin un acuerdo de Estado, con dos leyes del PSOE y otra del PP que no se llegó a aplicar, aunque coincidían eso sí en aplicar el esquema que no funcionaba. Tres años después en 2009, el Informe PISA mostraba que España subía veinte puntos en comprensión lectora, recuperando así los niveles de 2003. Además, los estudiantes españoles lograban resultados ligeramente mejores que en 2006 en competencia matemática, y mantenían los niveles en competencia científica. Todos tranquilos. Pero a nadie le dio por mirar las pruebas, su nivel de exigencia o los criterios de corrección que se imponían a los correctores. Todos contentos.

 Por otra parte, frente a los constantes cambios que se han venido dando en la legislación educativa española durante los últimos años, lo que parecen tener en común las reformas educativas en Europa en su adaptación a las nuevas realidades, es centrarse en potenciar aspectos como una mayor relación entre empresas e instituciones formativas; la flexibilización de procesos de formación; un mayor aprovechamiento de las nuevas tecnologías y la diversificación de titulaciones. Puede que esto sí que ayudaría a luchar contra el abandono escolar, nuestro principal caballo de batalla según el señor Gabilondo: ofrecer alternativas reales de formación, acordes a los intereses de los alumnos, y no callejuelas y recovecos de un sistema que busca maquillar cifras pervirtiendo su propio espíritu. El estudio de la Fundación La Caixa advierte que España se encuentra a la cola de Europa en cuanto a resultados educativos junto a Portugal, Grecia e Italia, por debajo de otros países con formatos educacionales más avanzados como Finlandia, Holanda, Bélgica y Suecia. ¿Cómo es posible? Si tenemos magníficos P.C.P.I.s, que ofrecen a los alumnos la posibilidad de obtener un título por desgaste (de ellos mismos y del profesorado que los atiende), un título que no les capacita para nada a nivel empresarial y que no les interesa en absoluto. Pensando siempre en un corto plazo tan productivo que hace que estemos educando a los portamaletas de Europa.

 En opinión del Ministro Gabilondo“la dimensión práctica de la formación es imprescindible aunque falta definir el modelo exacto”, brillante. El ministro también ha explicado que el abandono escolar sigue siendo el ‘talón de Aquiles’ del sistema educativo español y anima a los jóvenes a completar sus estudios para garantizar el empleo, brillante también; inventa los M.I.R., convirtiendo a los profesores y maestros en las brujas del mundo educativo; y solo ha tardado 8 años en darse cuenta de todo esto y en proponer soluciones tan sólidas y bien hiladas.

Solo es necesario publicar un nuevo informe que apunte que “el rendimiento escolar depende sobre todo de lo que ocurre dentro del centro educativo, de ahí la importancia de la calidad del profesorado, que ahora se pretende mejorar con este sistema”, olvidando que hace ya muchos años el sistema de prácticas estaba establecido y funcionaba bien en España, hasta que sus antecesores decidieron cambiarlo. Olvidando también que ahora llegar a ser Profesor de Universidad, o sea, funcionario de por vida, y pagado con los impuestos de españoles, no depende de la valía científica del candidato sino que es un mero ejercicio de nepotismo, tan español. Obviando que en países en los que el sistema funciona existe una sólida, minuciosa y gratuita formación universitaria de los profesores, (para mí el factor esencial). La profesión docente está bien considerada y valorada socialmente en dichos países. Países donde lo más relevante en el examen de selección son las características personales y la vocación del postulante para enseñar. Resulta que el 30% de su aprendizaje es práctico, en estudios de casos y resolución de problemas reales, en lugar de nuestras clases del C.A.P. en la que aprendimos de todo menos pedagogía. Esto permite que los maestros no sean meros repetidores de conocimientos, expertos burócratas de la absurdez (porque en eso sí que invertimos tiempo); sino personas con gran capacidad reflexiva. Pero, claro está, y volviendo al comienzo de mi discurso, que la reflexión no interesa; que puede que sea cierto, como afirmaba Burdeau, que no se puede mantener la cohesión social con la razón. Para estos menesteres es mucho mejor buscar un chivito expiatorio que no se queje demasiado.

 

 

 


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About the author

Lola Cabral es profesora de Lengua Castellana y Literatura desde el año 2007, cuando comenzó su andadura docente “con muy poco guión y mucha prudencia”. Licenciada en Comunicación, en la especialidad de Publicidad y Relaciones Públicas, pensaba que poco o nada tendría que ver su futuro profesional con la educación, a pesar de haber continuado estudios de doctorado en la Universidad de Sevilla. Una mezcla entre la curiosidad y “el evidente retraso mental y la grosería de algún jefe que se llama a sí mismo empresario” la llevan a probar con el Curso de Adaptación Pedagógica, en cuyas prácticas descubre una gran vocación. Nunca abandona sus inquietudes, “porque son los muertos los que pierden la curiosidad”, y concluye en 2010 su licenciatura en Antropología Social y Cultural. Actualmente continúa con su actividad como investigadora, con su trabajo sobre la carga simbólica de los carteles de la guerra civil española, mientras intenta saldar su cuenta pendiente con el estudio del idioma alemán y su literatura.

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