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El proceso

By   /   18 septiembre, 2012  /   No Comments

Cambiar de rutinas no es, ni mucho menos, tarea fácil.

Existe una serie de actos desarrollados por nuestra cabeza y cuerpo de una manera casi robótica. La memoria muscular actúa con una fuerza comparable a la magnética, simplificando la mayoría de las acciones que realizamos de una forma más o menos frecuente. En principio podemos pensar que se trata de algo bueno, positivo, e incluso beneficioso. De hecho, a efectos académicos o aplicados a la enseñanza, la utilidad es máxima y exponente incluso de muchas teorías educativas.
Pero, como en casi todo, existe un lado oscuro. 
El mayor inconveniente de este proceso mental, la cara oculta del asunto, en mi opinión, es que la vida sedentaria y monótona a la que nos somete la sociedad en que vivimos ha acabado por ampliar el número de movimientos que se rigen mediante esta máxima.
Pie de foto: Cinta de Moebius – Una superficie sin fin.
Llamaré “El Proceso” a una serie de consejos que uso (y te propongo) para interpretar las señales que nos envía el cerebro, a captar la esencia que separa el instinto de la mecánica, a entender mejor las acciones en nuestro día a día, ya que, excepto las funciones fisiológicas (el primer nivel de la archiconocida Jerarquía de las Necesidades de Maslow) el resto deberían obedecer a procesos más o menos pensados e interiorizados, pero nunca “rutinizados”.
Mañana por la mañana, no utilices el abre-fácil del tetrabrick de leche, ábrelo con tijeras y cambia el orden habitual de café, leche y azúcar. Aparca el coche una noche en la calle, aunque tengas garaje propio, y recuerda dónde está a la mañana siguiente. Cepíllate los dientes con la mano izquierda. Pon el libro al revés y lee así una página cada diez de tu libro de mesilla, pero en lugar de hacerlo en la cama, cámbiate al sofá. 
Si eres motero, prueba a cambiar de casco y cuenta los días que tardas en ponértelo igual de rápido que lo hacías con el anterior modelo, y en cuanto lo hayas conseguido, vuelve al casco anterior. Inventa cada noche un cuento para tus hijos, mezclando lo mejor de los que te sabes. Cuando salgas a correr, gira por esa calle que nunca pasas o haz el recorrido en sentido contrario. Benditos desvíos provisionales. La próxima vez que hayas quedado con alguien, intenta que se te haga pronto y disfruta del lugar al que has llegado mirando los techos de los edificios que te rodean, apuesto a que, por mucho que los conozcas, encontrarás detalles sorprendentes. Repite todo esto a diario cambiando algo.
Escapa de la Cinta de Moebius.
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