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Una formación “de calidad”

By   /   16 agosto, 2011  /   No Comments

No hace tanto que escribí unas líneas acerca de la nueva propuesta del MIR del profesor y hoy me he sorprendido al repasar la documentación de mi curso obligatorio de formación para el profesorado en prácticas del curso 2008- 2009. Mea culpa por guardarlo todo. Lo que quiero resaltar son las exigencias de dicho curso, que eran: la asistencia (probada mediante la insustituíble e infalsificable firma), la atenta escucha de las intervenciones de los bienpensantes de turno y la redacción de documentos que nunca nadie miró y mucho menos leyó.

Una de las lecturas obligatorias con las que abríamos boca en aquellos días fue el artículo de César Coll Salvador Lo básico en la educación básica, título ingenioso donde los haya.

Se solicitaba opinión al respecto de esas palabras, que evidenciaban el dominio de una jerga que se ha hecho con el poder en el panorama educativo actual, pero sin aportar absolutamente nada. Permítanme analizarlo brevemente…

Según el artículo, se supone que el cometido fundamental del proceso de enseñanza- aprendizaje, sería asegurar la consecución de unos objetivos básicos, a saber:

  1. Hacer posible el pleno ejercicio de la ciudadanía en el marco de la sociedad de referencia. El autor habla de nuestra inmersión en la Sociedad de la Información, término bastante explotado y pocas veces entendido, que modifica o afecta al cuándo, cómo, dónde, qué y para qué aprender. Lo que, en definitiva no hace sino (según el autor) plantear una serie de “nuevas” necesidades, que en la mayoría de los casos suponen la ampliación de los contenidos curriculares; y, por consiguiente, a que surjan las inevitables tensiones entre lo que se puede y lo que se debe estudiar y aprender.

El autor habla sobre la necesidad de redefinir lo básico, de reducir los contenidos en contra de la tendencia acumulativa tradicional del talante español (y eso que empezaba con lo de la ampliación de contenidos curriculares). Apunta al componente ideológico que se hace presente en esta elección de contenidos, así como al peligro que supone el no ponerse de acuerdo en un proyecto social compartido, reflejado, entre otros aspectos en un cierto consenso respecto a lo que se debe estudiar y enseñar. De sobra conocida es la falta de consenso en materia educativa, en la que no redundaré. De sobra conocido es que estamos en un momento de cambio, como por otra parte se ha estado en otros muchos momentos de la historia, en los que (perdón por la sinestesia) no se tuvo que lidiar con tanta histeria psicopedagógica.

Pero ateniéndonos a lo que nos ocupa, paso al siguiente punto, en estrecha relación con el primero.

2.    Poder construir y desarrollar un proyecto de vida satisfactorio; asegurar un desarrollo personal emocional y afectivo equilibrado. El mismo autor subraya que la educación no termina cuando se abandonan las aulas, sino que continúa a lo largo de toda la vida. Probablemente si se siguen reduciendo los contenidos y las destrezas que se supone ya no son imprescindibles sino sólo deseables, este aprendizaje se extenderá años y años, y puede que genere otro tipo de frustración: la de sentir que no se es jamás experto en nada.

3.  Poder acceder a otros procesos educativos y formativos posteriores con garantías de éxito. Acceder sí, sin duda; continuar con éxito, lo pongo en tela de juicio. El señor Coll distingue entre nuevas y viejas albetizaciones, y de la necesidad de identificar las “culturas” a las que pertenecerá el alumnado. Seguramente siguiendo su argumentación en torno al concepto de ciudadanía universal. De nuevo: sí, hay nuevas necesidades; sí, lo cosmopolita y lo globalizado que está en el mundo actual. Nada nuevo bajo el sol sobre las reflexiones, que no aportaciones pedagógicas.

No digerí bien el empleo de la palabra “cultura” que hacía el autor, bastante relajado teniendo en cuenta que ha protagonizado uno de los más agrios aunque productivos debates intelectuales de nuestro siglo. Como aportación, recomendé la lectura del texto de Adam Kupper, sobre la visión antropológica del concepto de cultura, que está claro que no acaba de comprender el autor; aunque sospecho que, como todo lo demás, fue pasado por alto.

De nuevo: mea culpa. Lo que debí haber hecho, como la inmensa mayoría de mis compañeros de curso, fue copiar y pegar el único documento (muy Tolkien) que nos unificó a todos, porque eso era lo que querían. No querían un debate real, ni reflexiones originales y fundamentadas por parte de los que iban a empezar a dar clases a nuestros chavales, no buscaron siquiera documentación de calidad y tampoco evaluaron con seriedad lo que ellos mismos nos solicitaron (sirva de prueba el documento único del que casi todos copiaron). Esa es la calidad de la enseñanza que se imparte y se exige al profesorado, lo del MIR les aseguro que será lo mismo, solo que mucho más largo; por lo que me aventuro a vaticinar que en lo único en lo que nos acercaremos a los países nórdicos será en el número de suicidios.

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About the author

Lola Cabral es profesora de Lengua Castellana y Literatura desde el año 2007, cuando comenzó su andadura docente “con muy poco guión y mucha prudencia”. Licenciada en Comunicación, en la especialidad de Publicidad y Relaciones Públicas, pensaba que poco o nada tendría que ver su futuro profesional con la educación, a pesar de haber continuado estudios de doctorado en la Universidad de Sevilla. Una mezcla entre la curiosidad y “el evidente retraso mental y la grosería de algún jefe que se llama a sí mismo empresario” la llevan a probar con el Curso de Adaptación Pedagógica, en cuyas prácticas descubre una gran vocación. Nunca abandona sus inquietudes, “porque son los muertos los que pierden la curiosidad”, y concluye en 2010 su licenciatura en Antropología Social y Cultural. Actualmente continúa con su actividad como investigadora, con su trabajo sobre la carga simbólica de los carteles de la guerra civil española, mientras intenta saldar su cuenta pendiente con el estudio del idioma alemán y su literatura.

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